A PROPÓSITO DE LA PELÍCULA “LA MISIÓN” (Roland JOFFÉ, 1986), UN BELLÍSIMO CANTO A LA CARIDAD EN MEDIO DE LA TERRIBLE NATURALEZA.

La caridad del Crucificado es arrojada al maligno torrente del agua, a las mil voces estruendosas del agua del Mal. En toda la historia del Cine nunca se había filmado de manera tan sublime e impactante la potente caída del agua, las cataratas, el tremendo estruendo de su fuerza. La Naturaleza se convierte aquí en terrible ópera triunfal en las cataratas de Iguazú.

Pero la Cultura vence a la Natura: la música del jesuita Gabriel calma al salvaje. Y el otro hombre, el capitán mercenario de esclavos, Rodrigo Mendoza, lucha noble, esforzadamente, de manera casi angustiosa, con su penitencia, arrastrando hasta la extenuación su carga. Y llora abiertamente, histéricamente, ante el triunfo de su esfuerzo. Y los dos hombres se funden en un abrazo. Y vence el noble esfuerzo del hombre para purgar su crimen, su pecado. Noble es el que se exige: la fuerza es es-fuerzo.

Y el milagro de la inteligencia y de la voluntad del hombre construyen la Misión de San Carlos, la Misión de la Fe. Fe en Dios, pero también Fe en la Vida y en el Hombre. Pero si la Naturaleza es terrible, más terrible es la maldad del ser humano; maldad que destruye la Obra Misional. ¿La Obediencia siempre tiene razón? Aquí sí; por encima de la Verdad, por encima del Bien, por encima de la Justicia. Y llega la destrucción. Pero la matanza, el fuego destructor y la muerte no pueden vencer a la Cruz.

Y ya no hubo en la tierra selvática –que ya empezaba a volverse humo- ningún muerto más: un cielo nuevo y unos árboles nuevos abrían la puerta a una nueva Luz: la Luz de la Esperanza. Y vuelven a aflorar la música (el violín que flota en el agua) y la inocencia en el rostro del niño. Y ya no volverá a caer más lluvia porque el cielo era nuevo y la selva también.

Y fueron vistos los muertos delante de Dios y fueron juzgados según sus obras. La película acaba, pero no tiene fin. No tiene fin porque los gloriosos muertos siempre serán los vivos.

ETERNAMENTE…

Carlos d’Ors